
Mi experiencia también tiene algo que enseñar
Mi experiencia también tiene algo que enseñar
En nuestro blog de la semana pasada hablamos de la importancia de celebrar la vida que hemos construido. Reflexionamos sobre los años recorridos, los aprendizajes, los momentos difíciles que logramos superar y todas aquellas experiencias que nos han convertido en la persona que somos hoy.
Esta semana queremos dar un paso más: reconocer que nuestra experiencia tiene un valor que puede trascendernos.
Cuando pensamos en lo que significa llegar a la adultez mayor, muchas veces nuestra atención se dirige hacia los cambios que trae consigo el paso del tiempo. Hablamos de lo que ya no podemos hacer como antes, de los cambios en nuestro cuerpo, de las responsabilidades que han quedado atrás o de las personas que ya no están.
Pero ¿qué pasaría si, en lugar de preguntarnos qué hemos perdido con los años, nos preguntáramos qué hemos ganado?
Hemos ganado historias.
Hemos ganado conocimientos que no aparecen en los libros. Hemos aprendido a reconocer las consecuencias de nuestras decisiones, a levantarnos después de los momentos difíciles y, probablemente, a distinguir entre aquello que verdaderamente importa y aquello que alguna vez creímos indispensable.
Hemos aprendido a conocer a las personas, a cuidar, a perdonar, a comenzar de nuevo.
Y todo eso tiene un enorme valor.
La experiencia como legado
Cada persona adulta mayor posee un patrimonio personal construido a lo largo de décadas. Está formado por recuerdos, conocimientos, tradiciones, anécdotas, valores, recetas, canciones, consejos, oficios, historias familiares y maneras particulares de mirar la vida.
Ese patrimonio no debería quedarse únicamente en nuestra memoria.
Compartir lo que hemos aprendido puede convertirse en una manera de mantener viva nuestra historia y, al mismo tiempo, de acompañar a quienes vienen detrás.
¿Cuántas veces una conversación con nuestros padres, abuelos o personas mayores de nuestra comunidad nos ha enseñado algo que difícilmente hubiéramos aprendido de otra manera?
Una historia sobre cómo era la vida antes.
Una receta que ha pasado de generación en generación.
El recuerdo de un lugar que ya no existe.
La historia de cómo se conocieron dos personas.
Una experiencia que nos enseñó a no rendirnos.
Un consejo que parecía sencillo, pero que con los años descubrimos que tenía una enorme verdad.
Son pequeñas historias que construyen nuestra identidad.
Por eso, cuando escuchamos a una persona mayor contar sus experiencias, no estamos escuchando únicamente recuerdos del pasado. Estamos teniendo acceso a una parte de la memoria de nuestras familias y de nuestras comunidades.
No eres solamente lo que hiciste: eres también lo que aprendiste
En ocasiones pensamos que nuestro valor está relacionado con aquello que hicimos durante nuestra vida laboral, con los logros que alcanzamos o con las responsabilidades que tuvimos.
Pero nuestra identidad es mucho más grande.
Somos también las personas que ayudamos, las dificultades que enfrentamos, los afectos que construimos y las enseñanzas que dejamos.
Tal vez hoy ya no desempeñamos el mismo trabajo que durante décadas ocupó gran parte de nuestro tiempo. Quizá nuestros hijos han formado sus propias familias o nuestras responsabilidades han cambiado.
Eso no significa que nuestra participación en el mundo haya terminado.
Por el contrario, puede ser una oportunidad para descubrir nuevas formas de aportar.
Podemos enseñar algo que sabemos hacer. Podemos escuchar a alguien que necesita hablar. Podemos participar en nuestra comunidad. Podemos escribir nuestros recuerdos. Podemos aprender algo nuevo. Podemos crear.
La adultez mayor no tiene que ser una etapa de silencio.
Nuestra voz sigue teniendo un lugar.
Entre generaciones: cuando la experiencia encuentra la juventud
Una comunidad se fortalece cuando sus generaciones se escuchan.
Los jóvenes tienen conocimientos, ideas y perspectivas que enriquecen nuestra sociedad. Las personas adultas mayores poseen experiencias y aprendizajes que también pueden enriquecerla.
No se trata de decidir quién sabe más.
Se trata de aprender unos de otros.
Un joven puede enseñarnos a utilizar una nueva tecnología y una persona mayor puede enseñarle que no todo problema necesita resolverse rápidamente.
Un joven puede compartir nuevas formas de pensar y una persona mayor puede compartir la perspectiva que solamente ofrecen los años.
Cuando existe diálogo, ambas generaciones ganan.
Por eso, este mes queremos recordar que las personas adultas mayores no son únicamente receptoras de cuidados. Son participantes activos de sus familias y comunidades, portadoras de conocimientos y protagonistas de sus propias historias.
¿Qué quieres dejar cuando alguien recuerde tu historia?
Esta pregunta puede parecer profunda, pero vale la pena detenernos a pensar en ella.
No necesariamente hablamos de dejar bienes materiales.
Podemos dejar una frase.
Una enseñanza.
Una receta.
Una fotografía.
Una canción.
Una historia.
Una forma de tratar a los demás.
Un recuerdo que haga sonreír.
Quizá uno de nuestros mayores legados sea precisamente haberle enseñado a alguien que siempre es posible levantarse después de una dificultad.
Tal vez nuestro legado sea haber demostrado que nunca es demasiado tarde para aprender algo nuevo.
O simplemente haber estado presentes cuando alguien nos necesitó.
Cada vida deja huellas, aunque muchas veces no podamos verlas.
Por eso, durante este agosto, desde Colmena Comunidad Creativa queremos hacer una invitación especial: no escondamos nuestras historias. Compartámoslas.
Porque cuando una persona cuenta lo que ha vivido, no solamente está hablando de su pasado. Está ayudando a construir memoria para el futuro.
Y quizá esa sea una de las formas más hermosas de celebrar la adultez mayor: reconocer que todavía tenemos mucho que decir, mucho que enseñar y, sobre todo, mucho que compartir.
Actividad de la semana: “Lo que la vida me enseñó”
Busca un lugar tranquilo y toma una hoja de papel.
Completa las siguientes frases:
A lo largo de mi vida aprendí que…
Una dificultad que logré superar fue…
Algo que antes me preocupaba y que hoy veo de otra manera es…
Una enseñanza que quisiera transmitir a las nuevas generaciones es…
Si pudiera darle un consejo a mi yo de 20 años, le diría…
Finalmente, escribe una pequeña reflexión comenzando con:
“Si alguien quisiera conocerme realmente, me gustaría que supiera que…”
No pienses demasiado en las palabras. No necesitas escribir perfectamente. Lo importante es permitirte recordar.
Si lo deseas, comparte esta actividad con un hijo, nieto, amigo o alguien cercano y conversen sobre sus respuestas.
Quizá descubran que tienen mucho más que aprender unos de otros de lo que imaginaban.
Y si te animas, comparte tu reflexión con Colmena. Tu historia puede convertirse en inspiración para alguien más.
Mensaje final
Tu experiencia tiene valor. Tu voz tiene valor. Tu historia tiene valor.
No importa cuántos años hayan pasado ni cuántas cosas hayan cambiado. Todo lo que has vivido forma parte de la persona que eres hoy.
Porque llegar a la adultez mayor no significa que nuestra historia haya terminado.
Significa que tenemos muchas páginas escritas… y todavía quedan páginas en blanco esperando ser llenadas.
